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“Los juicios sanan el alma y curan”. El testimonio de dos victimas en el IX juicio de Lesa Humanidad

Sofía Morante
08 May, 2026 , Sin comentarios

Raúl Esteban Radonich y David Leopoldo Antonio Lugones declararon en el IX juicio por delitos de Lesa Humanidad de Neuquén. Los ex detenidos - desaparecidos y sobrevivientes de la última dictadura cívico militar aportaron elementos no sólo en relación a los casos que aquí se juzgan, como el de Juan Ramón Adalberto Colobig y de Leticia Veraldi, sino que relataron según la propia vivencia la forma en que el horror fue desplegado en esta región del país. En sus testimonios también citaron a referentes en la lucha por los Derechos Humanos y conceptualizaron frente al Tribunal los alcances de la palabra memoria para las generaciones pasadas, presentes y futuras.

Foto: Sofía Morante
Foto: Sofía Morante

Radonich fue citado a declarar por su conocimiento sobre lo que vivió Adalberto Colobig. Contó que en un principio solo lo conocía de vista, pero que igualmente se enteró de su detención a los pocos días de ocurrida, puesto que el hecho había tenido “transcendencia pública”. Años más tarde, al regreso de la democracia, compartirían la militancia en el peronismo.

Describió que la participación política de Colobig en la Juventud Universitaria Peronista de Santa Fe era igual a la de “miles de jóvenes de esa generación”, quienes tenía un profundo sentido de transformación y búsqueda de la justicia, “una osadía que costó sangre, cárcel, exilio”, tal como definió.

“El ´Colo´ tuvo la cárcel”, puntualizó Radonich en línea con la reflexión citada. Describió que los 5 años que estuvo detenido bajo las condiciones impuestas por el Golpe de Estado “lo impactaron”, pero que a raíz de “la fortaleza y convicción”, Adalberto volvió a militar una vez liberado, en abril de 1983. Recordó que Colobig siempre estuvo ligado a la búsqueda de la igualdad y de “borrar las lacras que oscurecen la democracia”. “Creo que intentaba recobrar los años que le robó la dictadura”, expresó.

El testigo narró las dos “privaciones ilegítimas de la libertad” de las que él también fue víctima. La primera fue un “secuestro”, definió y recordó que hombres vestidos de civil lo metieron en un auto Falcon y se lo llevaron. Seguido, repasó los pormenores de los 6 días que permaneció alojado en el centro clandestino La Escuelita de Neuquén, entre el 13 y 19 de enero de 1977, en donde fue interrogado bajo tortura. La segunda, con fecha el 2 de abril del mismo año, se trató de una “detención”, según distinguió. En ese caso fueron “dos o tres camiones del Ejército” los que arribaron a su casa y se lo llevaron a la Unidad de Detención 9 de Neuquén. Por último, Raúl evocó el ingenio y la osadía con la que Noemí Labrune -fundadora de APDH en dictadura e histórica militante de los Derechos Humanos- los convocó en 1984 para hacer el reconocimiento del sitio donde funcionó ese centro clandestino, es decir, donde lo tuvieron secuestrado.

Cuando el juez Alejandro Cabral estaba a punto de dar por finalizada la declaración, el testigo pidió permiso para expresar algunas palabras más. Con una reiterada participación en juicios de Lesa Humanidad, puso en valor que este nuevo tramo se esté desarrollando a pesar de insertarse en una coyuntura en la que el Gobierno Nacional adopta una postura negacionista. “El sentido que se le da al pasado, esa es la disputa con quienes niegan en el Ejecutivo hoy las sentencias del Poder Judicial”, resaltó Radonich y concluyó dirigiéndose al Tribunal Oral Federal 1: “Ustedes también están construyendo Memoria, Verdad y Justicia”.

Gentileza David Lugones

David Lugones habló de la militancia compartida con Adalberto Colobig, a quien conoció en dictadura. Comenzó por aclarar que eran “muy amigos” y le decía ´Colo´, como lo refirió en adelante. Junto con otros jóvenes, ambos participaban “en la iglesia de Don Jaime (De Nevares)” y fue dentro de ese ámbito que crearon el Grupo Juvenil.

Conformado en julio de 1977, dicho Grupo les permitía contar con un espacio en varias capillas donde “poder hablar cuando era el terror”, y bajo un contexto en el que reinaba el miedo y la censura para aquellos que ya habían estado detenidos o bien estaban siendo perseguidos. En los Grupos Juveniles podían continuar la formación, el debate político y llegaron a concretar, a instancia de los curas, las Marchas de la Fe. Si bien se sentían a salvo, de todas formas eran investigados, sufrieron detenciones arbitrarias y atentados en las sedes de la iglesia.

De Colobig también recordó que un día de junio del ´78 se enteró que “se lo habían llevado del banco”.  Horas más tarde, cuando supo que estaba en la sede de la Policía Federal local, se puso “contento”. Y es que, en dictadura, el alivio era saber que “estaba vivo”, confesó. Previo a ser liberado en abril de 1983, el ´Colo´ envió una carta a Lugones que fue exhibida por el testigo en la sala de audiencias. Cuando los amigos volvieron a verse le intentó consultar sobre aquellos años de cárceles, pero tras breves comentarios reconoció “que mucho no quería hablar”.

A raíz de esta reflexión fue que Lugones explicó la forma en que las víctimas fueron marcadas por el terrorismo de Estado y el respeto con el que aborda la manera en que cada quien lo procesa. Algo que, a su vez, el testigo aprendió por experiencia propia, habiendo pasado por la Unidad de Detención 9 de La Plata y la Escuelita de Neuquén. “Cuando se está al filo de la vida y muerte”, “cuando el terror se mete en la cabeza de uno y la pone en blanco como protección para sobrevivir”, “¿quién puede meterse en la cabeza del otro y decir qué puede contar y que no?”, argumentó Lugones.

De los días que estuvo en el centro clandestino La Escuelita, el testigo relató todo lo vivido y las personas que allí escuchó. En particular, se refirió a una joven que fue alojada a su lado, el 28 de diciembre del ´76, de quien acotó que no paraba de llorar y pedir por su amiga. Si bien en todos estos años Lugones no pudo saber con certeza la identidad de la mujer, iniciado este juicio la coincidencia con el relato de Matilde Segura y María Ester Sepúlveda sobre sus secuestros abrió en él la posibilidad de encontrar una respuesta.

Otra de las víctimas de esta causa a la que Lugones conoció fue Leticia Veraldi, la joven secuestrada el 4 de julio de 1977 en Cipolletti, a los 17 años, y que permanece desaparecida. “Acá la traje”, dijo al señalar la foto de Veraldi con la que acompañó su testimonio. La imagen impresa en un boletín de La Casa de Leticia, le dio pie a David para hablar de Noemí Labrune y la titánica pelea que dio hasta el último segundo de vida por el cumplimiento de los derechos constitucionales, en todas las épocas y para el conjunto de la población.

Para concluir, Lugones también miró a los jueces a los ojos y les compartió una reflexión de por qué, para las víctimas, estos juicios significan “mucho más que justicia”. Evocó el alivio que sintió su madre cuando su caso fue juzgado y exclamó: “Los juicios sanan el alma y curan”.

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