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Secuestros y torturas. Tres mujeres iniciaron la ronda de testimoniales en el juicio de Lesa Humanidad

12 March, 2026 , Sin comentarios

Matilde Segura, María Ester Sepúlveda y Graciela Vicente declararon en el noveno juicio por delitos de Lesa Humanidad en Neuquén. Las tres son víctimas en este tramo y relataron las detenciones ilegales y tomentos que sufrieron en la última dictadura cívico-militar argentina, en las ciudades de Neuquén capital y San Martín de los Andes.

El juicio se reanuda el próximo martes, a las 9, en el salón de AMUC -Avenida Argentina 1561- con la declaraciones de Viviana Muñoz, Estela María Solanas, Luján Gómez y Mirta Larraolet.

Secuestro y tortura a una exiliada de la universidad

Matilde Segura narró este martes, a sus 73 años y frente al Tribunal Oral Federal I, lo que demoró décadas en contarle a su familia y allegados.

Bajo un manto de silencio la mujer guardó las escenas de su secuestro y el de su amiga María Ester Sepúlveda, ocurridos el 26 de diciembre de 1976. También los días de cautiverio y las torturas que sufrió en el ex centro clandestino de detención La Escuelita de Neuquén a donde fue trasladada, según se deduce de los elementos que pudo retener bajo la capucha que tapó su cabeza desde que la subieron a un Ford Falcon, hasta que la dejaron en libertad dentro del edificio de la jefatura del Ejército. Allí Oscar Lorenzo Reinhold le firmaría una constancia que indicaba que la detención “no significaba un perjuicio” para su nombre y honor.

Aquel día de verano las amigas se encontraban en el hogar de los padres de Matilde, en Plottier. Habían llegado de vacaciones desde la ciudad de La Plata, donde compartían vivienda en una pensión y trabajo en el ámbito de la Salud.  Pasada la tarde, un grupo de hombres con vestimenta oscura irrumpieron en la chacra familiar y se llevaron a ambas, separadas en dos vehículos.

Segura relató que la encapucharon al subir al Falcon y a partir de ese instante no pudo ver más nada, también recordó que nadie más le contestó ninguna de sus consultas. A llegar a una edificación la acostaron sobre el elástico de una cama y la ataron. Paso allí días, aunque la pérdida de la noción del tiempo le impidió recordar con certeza la cantidad.

“Yo soy una graciada porque a mí no me violaron”, sostuvo Segura frente a los jueces al rememorar los hechos. La expresión impactó en el público presente en la sala de audiencias, más aún cuando el relato continuó con la enumeración de los tormentos de los que fue víctima, como interrogatorios bajo la aplicación de corriente eléctrica en los genitales mientras le aseguraban “es para que no te reproduzcas”. La mujer se repone ahora cuando puede contar que finalmente, en democracia, pudo cumplir su deseo de ser madre.

Aquella no era la primera vez que Segura era víctima de la violencia represiva. En su testimonio recordó su activismo por la nacionalización de la Universidad Nacional del Comahue y su posterior trabajo como administrativa en esa institución, a la que incluso había colocado la piedra fundacional. Contó que en marzo de 1975 el interventor Remus Tetu llegó “con una patota impresionante” y que José Luis Cáceres intentó obligarla a liquidar el sueldo para los recién llegados. Subrayó que ella se negó, a punto tal de tragarse la llave de la máquina que los emitía, a lo que Cáceres respondió con violencia. “Se enojó”, “me agarró de los pelos”, “me sacó por la ventana”, refirió la mujer sobre aquel momento. Luego terminó siendo cesanteada por el interventor, al igual que otros 67 trabajadores de esa universidad.

“Usted se la comió de upa”

María Ester Sepúlveda declaró en forma virtual y comenzó su testimonio rememorando cómo se conocieron con Matilde Segura, de la pensión donde convivían y los trabajos que las encontraban en la ciudad de La Plata.

También recordó aquel 26 de diciembre de 1976, cuando al regreso de tomar unos mates en el río con su amiga fueron secuestradas, separadas en dos autos con al menos tres hombres en cada uno, que no se identificaron y vestían “como de fajina, pero oscuro”. Al llegar a un lugar que, según la descripción coincide con La Escuelita de Neuquén, la esposaron a una cama. Sepúlveda contó que a su lado había otra chica “que la llevaban y traían”, que tuvo “miedo de estar ahí”, y que nadie le habló.

La mujer recordó que el 6 de enero de 1977 volvieron a juntarla con su amiga en un galpón donde “a Matilde le dicen que va seguir siendo investigada” y a ella: “usted se la comió de upa”. Después las llevaron al Comando Mayor en la Avenida Argentina, donde recuperó la libertad.

San Martín de los Andes. Del paraíso al terror

“El 7 de junio de 1978 fui detenida ilegalmente”, afirmó Graciela Vicente al comenzar la declaración sobre los hechos que sufrió en la última dictadura de Argentina.

La mujer recientemente recibida de Psicóloga en la Universidad Nacional de Buenos Aires, quiso buscar una vida por fuera de la ciudad y emprendió su búsqueda laboral en la Patagonia. Así fue que terminó por conseguir un puesto Ad Honorem que alternaba entre en los hospitales de Junín de los Andes y San Martín de los Andes de Neuquén. En esta última fue donde finalmente fijo su residencia, una ciudad que a sus 25 años le pareció “un lugar paradisíaco y de gente muy amable”.

Aquel día que coincidió con el inicio del Mundial ´78, Vicente regresó de trabajar a la casita que alquilaba y encontró “la puerta medio rota” y “todo revuelto”. El impacto de la escena la dejó en shock, tal como lo expresó la mujer en su testimonio y agregó: “no pude contextualizar lo que estaba pasando”. “Me fui caminando a Gendarmería a preguntar por qué había pasado lo de mi casa”, continuó Vicente y remató: “no me dieron ni una explicación. Me esposaron”.  Minutos después se encontraría con que su amiga Luján Gómez y su amigo Eduardo Ubaldini también estaban allí, esposados.

Narró que los tres fueron subidos a un camión de Gendarmería custodiados por una persona que portaba un arma larga. Nadie les explicó a dónde los llevaban ni por qué. Así llegaron a Junín de los Andes, a un sitio que por la descripción se deduce que pertenecía a la Fuerza de Seguridad Nacional, en donde la interrogaron y luego los regresaron al destacamento de Gendarmería en SMA.

“Nos dejaron en las camas esposados, no nos dejaban hablar”, recordó Vicente de su cautiverio. También apuntó que los sacaban a otra habitación con los ojos vendados, donde los interrogaban y que, en su caso particular, lo que buscaban era que “declare que ellos (por Ubaldini y Gómez) eran personas peligrosas para el país”. Siete días después, abrieron el portón y le dijeron “váyase”.  Años más tarde en la localidad circulaban los nombres de los gendarmes Emilio Jorge Sachitella y Miguel Ángel Cil como responsables por su secuestro.

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