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Cómo llegamos hasta la destrucción de libros
* Por Mauricio Bertuzzi
Los gobiernos totalitarios siempre tuvieron especial encono por destruir actores, procesos y productos culturales. Y los libros fueron blanco predilecto del accionar de las fuerzas civiles, militares y eclesiásticas, fundamentalmente en los años '70. Neuquén no fue ajena a este proceso de destrucción de la cultura.
La destrucción de libros tuvo un apartado especial en lo que la Dictadura denominó "Operativo Claridad" y en los organismos encargados del control cultural circulaba un instructivo para la "clasificación ideológica de las publicaciones".
Fórmulas usadas para la Clasificación ideológica de las publicaciones
- Fórmula 1: Carece de referencias ideológicas contrarias a los principios sustentados por nuestra Constitución Nacional.
- Fórmula 2: Contiene referencias ideológicas que atentan contra los principios sustentados por nuestra Constitución Nacional.
- Fórmula 3: Propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales, tendientes a derogar los principios sustentados por nuestra Constitución Nacional.
- Fórmula 4: Propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales marxistas tendientes a derogar los principios sustentados por nuestra Constitución Nacional.
En la zona, uno de los brazos ejecutores fue Dionisio Remus Tetu, interventor de las universidades nacionales del Sur y del Comahue. En el libro "La misión Remus Tetu en el Comahue" el Dr. Humberto Zambón cronica detalladamente el accionar nefasto del miembro de la Triple A, quien asume el rectorado a partir del 16 de enero de 1975 y días después emite las resoluciones 13, 61 y 305 donde prescinde de numeroso personal docente y nodocente. Entre ellos, Genoveva Jaramillo y Néstor Rivas, quienes se harían cargo de la Librería Libracos después de que una bomba destruyera la vidriera en marzo de 1975 y testigos señalaran que los autores del ataque habían sido Raúl Guglielminetti, agente civil del Servicio de Inteligencia del Ejército en los años '60, junto a otras personas que conformaban un grupo paramilitar vinculado a la Triple A.
Hoy, la Librería sigue firme en calle Corrientes, dirigida por su hijo Santiago Rivas.
Un año después, la resolución I-0600/76 ordenaba la destrucción de alrededor de 200 libros en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional del Sur. Lo cuenta la investigadora Daiana Agesta en el trabajo "Operación claridad, o de cómo tapar el sol con una mano. Represiones culturales en la Universidad Nacional del Sur". La resolución incluía un listado de 181 libros que no perseguían "un fin cultural (...) sino que por el contrario sólo buscan la difusión política de una ideología totalmente reñida con el sentir nacional". En la Biblioteca Central de la Universidad Nacional del Comahue ocurrió una bibliocastia similar pero no fue posible encontrar la resolución que la dispusiera.
Desde Neuquén también se ordenaron otras acciones contra los libros. Daniel Divisky, exdirector de Ediciones De la Flor, contaba que la publicación infantil “Cinco dedos” había sido prohibida cuando un coronel de Neuquén lo vio en manos de sus hijos, ya que había sido comprado por su esposa. Le había horrorizado que en el cuento ilustrado la mano verde, el color del uniforme de fajina del Ejército Nacional, fuera derrotada por una mano roja. Según el Boletín oficial, “Cinco dedos” fue prohibido el 8 de febrero de 1977 por tener "finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica, propia del accionar subversivo.”
Aunque el golpe más importante a la cultura editorial fue la quema de más de un millón de ejemplares del Centro de Editor de América Latina (CEAL) en un baldío de Sarandí, provincia de Buenos Aires, el 30 de agosto de 1980. El acta judicial que ordena la quema, está firmada y sellada por Héctor Gustavo De la Serna Quevedo, el mismo que el 7 de diciembre de 1978 había dispuesto el decomiso del millonario patrimonio de la editorial dirigida por Boris Spivacov, por infringir la ley 20.840 que disponía diferentes penalidades para las actividades subversivas en todas sus manifestaciones.
La ironía del caso es que el obituario del verdugo de los libros en el diario El Día de La Plata reza: “…ensayista, poeta y conferencista de diversos temas vinculados al acontecer social y cultural”.
Otro poeta, Heinrich Heine, en 1823 vaticinó que “allí donde se queman los libros, se termina por quemar a los hombres”.
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